Nuevos inicios...
y hoy terminé una temporada de 3 meses en mi primer trabajo serio dentro de mi carrera profesional... La melancolía me come. No sabría decir si la propia melancolía de cambiar de trabajo o la melancolía en sí del cambio. Ésa que se aferra a lo conocido soy yo.
La mujer de 22 años que no se parece en nada a la muchacha de 18 que una vez fue, y poco se asemeja a la mujer de 20 que hace poco existió.
Siente que todo a su alrededor cambia inevitablemente. La gente viene y va y ella se queda justo en el mismo lugar, inamovible y etérea, vaga y amorfa. Irreconocible y al mismo tiempo, predecible.
Ni una cana, ni una arruga, ni nuevos recuerdos. Se aferra a las ilusiones más pasajeras que le daban significado a su vida, y cuando morían, otras mejores aparecían, manteniendo su brillo reluciente.
Pero el tiempo pasa, y al sentirse la misma es inevitable sentirse a la vez contrariada, vacía y fuera de lugar.
¿Pero habrá satisfacción en los cambios? ¿Al menos, suficiente para rellenar este sentimiento de desasosiego?
A quien no le llenan los mensajes inferiores a las 30 palabras, ni los atardeceres dentro de esas 4 paredes, ni los días que comienzan inmediatamente después de haber terminado... es quien busca adaptarse al cambio...
Insaboro, como la mañana seguida al infructuoso sexo sin amor aferrado a la costumbre. Así de insaboros, así de insípidos son los nuevos cambios... Más no lo son así los nuevos inicios. Y la esperanza de encontrar amaneceres en medio de aguaceros. o al menos, lloviznas.
¡Qué rico se siente la lluvia cayendo encima de su piel! Por eso, por ahora, camina lento... aunque llueva a cántaros.
